martes, 2 de octubre de 2018

Omotenashi (おもてなし)...



El significado de la palabra omotenashi (おもてなし), va mucho más allá de la “hospitalidad” de los japoneses de la que muchas veces se habla y que es un referente de la cultura japonesa. 

Si bien es cierto que su significado literal es: Hospitalidad, ésta palabra incluye muchos otros aspectos que tienen que ver con la atención y sinceridad de parte de las personas involucradas. Omotenashi (おもてなし) es un acto sincero del corazón. Es también un acto desinteresado, cuyo principal objetivo es el bienestar de la otra persona. En su sentido más profundo (y por la experiencia que he tenido), es la capacidad de participación afectiva (y porque no decirlo: psicológica y cognitivamente) de sentir y percibir lo que la otra persona sentiría si estuviera en una situación similar. 

Omotenashi (おもてなし) no es un acto forzado. Tampoco es pedir “favores” a otro para que haga o busque algo que tú quieres. No es el “tengo que” o el “un favor con otro favor se paga”. No es nada de eso en lo absoluto. 

Durante el viaje a Japón del pasado mes de Septiembre, tuve muchas experiencias gratas respecto al significado y concepto de esta palabra. Una de ellas es la experiencia que compartí en la entrada: El Sr. Japonés que me ayudó en la estación de Kioto, pero existieron muchas más. A continuación voy a relatar tres de ellas: 



1.- Estábamos caminando con mi amiga de Kyoto por la calle de Ninenzaka. Ya había comprado algunas cosas durante el recorrido e iba cargando bastantes bolsas pequeñas; mientras íbamos caminando vi una tienda que vendía productos de Ume. Le dije a ella que quería mirar y probar al fin, Ume. Entramos a la tienda, probamos algunos tipos de Ume y cuando finalmente me decidí por la que quería e iba a pagar, la Srita., que atendía el local en ese momento me dijo que le diera todas las pequeñas bolsas que traía en la mano. Ella las tomó y minutos después en una bolsa lo suficientemente grande, me entregó lo que había comprado junto con las bolsas pequeñas. Le di las gracias y cuando tomé la bolsa, vi que todo estaba cuidadosamente ordenado. ¡¡Awwww!! Eso es Omotenashi (おもてなし). 

Esta fue la bolsa que me dieron en la tienda. 




2.- Era el primer día que estaba en Japón y me dirigía en el Shinkansen a Kyoto. Podía ver el nombre de todas las estaciones en la pantalla, después de aproximadamente cuatro horas finalmente puede ver y escuchar: Kyoto. Estábamos a escasos minutos de la estación y cuando el Shinkansen se detuvo, tomé la maleta y camine hacia el pasillo para hacer la fila y salir por la puerta. Fue allí cuando vi a una pareja de japoneses de mediana edad, ellos habían estado sentados tres filas delante de mi asiento, así que por lógica les correspondía a ellos pasar primero para salir por la puerta. Espere a que ellos salieran por el pasillo, pero no lo hicieron; alce un poco más la vista y cuando los miré, me sonrieron, dijeron algo en japonés (frase que me aprendí de memoria) y me hicieron una señal de: Pase usted primero. Pasé y cuando estábamos en los andenes me despedí diciendo: Arigatō. Horas después busque el significado de las palabras que me habían dicho y entonces supe: ¡Bienvenida a Kyoto! Sí, eso también es: Omotenashi (おもてなし). 




3.- Durante la estancia en Gunma, Maebashi. Mi amiga grabó vídeos para que tuviera recuerdos de mi estancia allá. Ahora que estoy de vuelta en México me ha enviado el último de ellos. Eso también es: Omotenashi (おもてなし). 



Y bueno… en general este viaje estuvo lleno de tantas experiencias que enriquecieron mi vida a través de este concepto: Omotenashi (おもてなし). 

¡Deseo de corazón que cuando visiten Japón puedan experimentar ese tipo de detalles! ¡Gracias Japón por tanto!




Mi experiencia con el Nattō...




En la entrada de ayer les compartí el relato de mi amiga María Higa y una de sus experiencias con el Nattō, ahora es mi turno y les contaré cómo empezó mi fascinación (ahora) con este peculiar platillo. 

Creo que el Nattō y yo estábamos destinados a encontrarnos… jajajajajajaja 

Desde que era niña y hasta aproximadamente los veinte años, recuerdo que siempre había tenido problemas con mi piel, mi estómago y mi colon. Los problemas en la piel digamos que eran soportables, pero los detallitos con el estómago y el colon realmente llegaron a ser insoportables. Lo peor sucedió cuando un día por comer un alimento que estaba casi echado a perder, cogí una bacteria super terrible. Allí empezó el verdadero viacrucis. Fui de un Dr., a otro y nada. Cajas y cajas de antibióticos y otros medicamentos que lo único que hacían era agravar el problema. 

Fue en ese ir y venir que un día alguien me recomendó la clínica de un Dr., que tenía su consultorio en otra ciudad que quedaba aproximadamente a dos horas de la mía. La persona que me lo recomendó me aseguró que si seguía el tratamiento al pie de la letra, iba a notar los cambios aproximadamente a los seis meses de mi primera consulta y con el paso del tiempo, en algunos años, me iba a olvidar de todos los malestares que había tenido por tanto tiempo. 

Era demasiado bueno para ser verdad… Aunque parecía bastante lógico porque no prometía una cura instantánea, sino que era con el transcurrir de los meses e incluso años que realmente iba a ver cambios en mi organismo. No tenía nada que perder y probablemente mucho que ganar, así que me decidí, hice la cita y fui. 

Recuerdo que era un consultorio pequeño pero muy bien iluminado. En la ventana y en el escritorio había unas flores hermosas, me llamó mucho la atención el color tan vivo de cada una de ellas, que por un momento me olvidé de la razón por la que había llegado y sentí mucha tranquilidad. La enfermera me tomó los datos correspondientes y después de algunos minutos pase al consultorio con el Dr. 

Nunca voy a olvidar la impresión que me causó, cuando lo vi. Era todo lo contrario a los médicos que yo había visto. Su porte, su rostro, su complexión, su amabilidad, todo era increíble. 

Le conté mi problema. Me dijo que todo tenía una solución pero teníamos que hacer muchos cambios en mi alimentación y en la forma en que había visto la vida hasta ese momento. 

Me explicó la estrecha relación entre la mente, lo que comemos y nuestro entorno. Los tres influyen de manera increíble en nuestro organismo y pueden darnos bienestar o hacer que tengamos días y vidas horribles. Me explicó muchas cosas más y también recuerdo que me mandó a estudiar anatomía y fisiología. 

El tratamiento era bastante simple. Ahora que recuerdo ese día, me pregunto ¿Por qué todo se me hizo tan difícil en ese momento?.. 

Ya que mi microbiota intestinal estaba casi deshecha, el primer paso era recuperar el balance de ella. Pero antes de eso íbamos a empezar con una desintoxicación de todo mi organismo. 

La desintoxicación era bastante simple, por un mes: Nada de azúcar, nada de harinas blancas, nada de carnes, nada de lácteos. Arroz integral, frutas y verduras era todo lo que tenía permitido. 

Nuevamente el día de la cita llegó y el Dr., me felicito mucho por haber terminado ese mes sin los “venenos blancos y rojos” como los llama él. Me dijo que entraríamos a una nueva etapa de repoblar la microbiota y allí empezaba por así decirlo: Mi nueva vida. 

Era sencillo, sólo tenía que comer (Además del arroz integral, frutas, frutos secos y verduras): Nattō, kimchi, kéfir, miso y chucrut. 

Obviamente había escuchado hablar de todos ellos, pero sólo uno de ellos era fácil de conseguir: El chucrut. Los demás, había que buscarlos hasta la capital de mi país. Nuevamente el Dr., me explicó muy detalladamente la importancia que tenía el que consumiera estos alimentos. Tiempo después es que entendí todos sus detalles en sus explicaciones… 

Y así fue como conocí el Nattō. La verdad es que cuando lo vi en su empaque, no me gustó nada, su aspecto no era muy bueno. Cuando levante la envoltura que lo cubre casi vomito y lo tiro, pero recordé todas las palabras del Dr., y dije: Contrólate y cálmate y come poco a poco hasta que encuentres el sabor. 

Las primeras semanas fueron horribles, la verdad es que la hora del desayuno era el momento del día que menos me gustaba, porque allí en el centro de la mesa, ese Nattō me esperaba. Casi lo comía con los ojos cerrados, mil muecas de desagrado y solo me decía en mi mente: Es bueno para esto y esto y esto… así que cómelo… jajajajajajajajaja 

Pasaron los meses y ahora han pasado muchos años y puedo decir que: Mientras unos los odian y otros lo aman, a mí me encanta. El Nattō fue uno de los alimentos que literal salvó mi vida porque después de todo el tratamiento puede ver muchos cambios positivos en mi organismo. 





lunes, 1 de octubre de 2018

Nattō (納豆)...



Amado por muchos y también odiado por otros más. Hoy les comparto éste relato que es una anécdota de María Higa, mi amiga de Gunma, Maebashi con respecto a éste alimento. 
Nattō...

Desde que llegamos a Japón, hemos tenido muchas anécdotas, hoy les quiero contar una referente al  nattō ( comida hecha a base de frijol fermentado) que me ocurrió casi al recién llegar a este país.
Era mi primer trabajo aquí, en aquellos años, vivía en la prefectura de Yamagata en la ciudad de Shinjo; en ese entonces no tenía ni idea de lo alejada que estaba de la capital Tokio, ni de lo frío que era en invierno esta prefectura situada al norte de Japón.
Trabajábamos en la línea de producción, casi todos *nikkeis ( *descendientes de japoneses) peruanos, brasileños y argentinos y confeccionábamos el "air bag" de una línea de los automóviles de marca Nissan.
Bueno, teníamos almuerzo al mediodía y comía comúnmente el *obento ( *comida que ya está preparada, ya sea en casa o en una tienda y viene en una especie de cajita) que pedíamos a un negocio local.
Resulta que un día, dentro del acostumbrado refrigerio, vino una cajita chiquita, que tenía unos frijoles dentro, era el nattō, que yo no conocía todavía, tenía un olor fuerte, peculiar, penetrante, que no identificaba claramente, estábamos en verano por lo que deduje erróneamente que estaba descompuesta la comida. 
Consultando con un nikkei ya bastante mayor, que sí sabía del nattō, me dijo que así era esta comida, que su olor era muy fuerte pero era muy nutritivo. 
Así fue como conocí al nattō, nuestra primera vez no fue precisamente un flechazo, sino que lo fui aprendiendo a querer poco a poco a través de los años.
En casa, a mi hija Emi en especial, le fascina comerlo, así que es infaltable, en nuestra refrigeradora.


¿Y que es el nattō
Son frijoles de soya fermentados cuya peculiaridad son su textura pegajosa y su penetrante olor, razón por la cual a la mayoría de los extranjeros no les agrada este alimento.
Sin embargo, es uno de los alimentos que más consumen a diario los japoneses ya que tienen muchos nutrientes y además es muy económico. 
Probarlo por primera vez tal vez sea un reto, pero el sabor es bueno, se come con arroz caliente, se le puede agregar cebollita china picada (cebolla de verdeo, cebolleta) kimuchi, nabo rayado, etc.
Cuando le agarren el gusto ya no lo podrán dejar.
Les dejo fotos de como se vende generalmente el nattō aquí, vienen en cajitas de tres y aunque los precios varían un poco, con 100 yenes ya se puede adquirir un paquete de tres. 





¡Anímense a probarlo!




domingo, 30 de septiembre de 2018

En Gion...

No la buscaba... Ese día ni siquiera pensé que tendría la oportunidad de ver a alguna de ellas... Pero así de la nada: Aparecieron... 
Fue un momento mágico... Ese día, encontramos a cuatro de ellas... El último encuentro fue tan fenomenal que lo recordaré por siempre: La vi pasar a un costado mío y me sonrío... Podrían pensar: Bueno... es que ellas a todos le sonríen... Quizás... Pero no fue así, sentí la conexión de su corazón con el mío y allí fue donde estuvo la magia. Realmente fue y será un momento memorable, lo guardaré por siempre en mi corazón... 


Geiko.

Maiko.


viernes, 28 de septiembre de 2018

El Sr.Japonés que me ayudó en la estación de Kioto.



En la última entrada: Japón en ocho días… 3, les hablé sobre ese día en el que me perdí en la estación de Kioto y les comenté que quería hacer una entrada especial sobre eso y aquí está.
Una de las primeras cosas que tienes que saber cuándo vas a viajar a Japón y que al menos en mi opinión es una de las más importantes, es tener muy en cuenta que en ese país todo se maneja con horarios bien establecidos. Los autobuses, los trenes, las citas de trabajo, las citas con amigos, las reuniones familiares, la entrada a la escuela, la entrada al trabajo, etc., TOOOODO tiene un horario muy bien establecido y es necesario y casi imprescindible que acudas a la hora exacta (incluso es mejor estar antes de la hora prevista) para evitar cualquier molestia o confusión. Obviamente no es un país perfecto y claro que suceden imprevistos y es sólo en esas situaciones de urgencia en que el autobús o el  tren no pasará, o la cita o reunión se cancelará. Pero ese tipo de situaciones no son la regla, lo común y cotidiano es que todo marche bien y que cada uno llegue a la hora indicada, en el lugar acordado.
Generalmente no tengo problemas con eso, en la medida de lo posible intento que las citas o salidas sean exactamente a la hora en que acordamos.
Y bueno… Si recuerdan esa entrada les dije que la noche anterior había estado nerviosa por el viaje a Gunma, Maebashi y aun cuando no descansé del todo bien, cuando la luz del día se hizo presente, me desperté y me paré para alistarme e irme a la estación. En mis tiempos todo estaba bien. Me despedí del lugar que había sido mi habitación por esos cuatro días que había estado en Kyoto, tomé mi maleta, salí por el pasillo y me dirigí a la calle principal para tomar el taxi.
Estaba bastante nublado y lloviznaba un poco, caminé por las calles y llegué a la avenida principal, le hice la parada al taxi y éste se estacionó. Me subí y le dije a donde me dirigía. El Shinkansen que yo debería tomar salía a las 6:23 am y eran las 5:56 am. El taxi avanzaba, pero había algo de tráfico, el recorrido que imaginé en diez minutos se hizo más o menos de quince minutos y cuando llegué a la estación eran las  6:11 am, ese fue el momento en que me empecé a poner nerviosa. Cuando saque el dinero para pagar me di cuenta que sólo tenía un billete de 10000 ¥ y el costo del recorrido había sido de 1000 ¥, inmediatamente el taxista me preguntó si no traía un billete más pequeño, le dije que no. Entonces él me dijo que esperara un poco mientras buscaba el cambio en su billetera. Esos fueron minutos preciosos y cuando me dio el cambio y baje del taxi, faltaban escasos cinco u ocho minutos para tomar el Shinkansen. En mi mente pensé que aun podía lograr llegar a tiempo y corrí lo más que pude para tratar de alcanzarlo. Fue allí donde no me fije que había entrado por la puerta equivocada y al tratar de ubicarme dentro de la estación, sólo me perdí más. Mire el reloj y era demasiado tarde. El Shinkansen ya se había marchado.
Fue horrible porque ya había acordado llegar a Takasaki a una hora específica y por ese error era obvio que no iba a poder llegar. Intenté calmarme pero no lo conseguía, así que empecé a caminar como loca por los andenes tratando de ubicarme y nada. Fue en ese momento cuando vi un mapa enorme de la estación, me pare enfrente de él y nuevamente intenté ubicarme. Recuerdo que sólo miraba líneas y colores sin sentido, todo estaba en japonés, no había nada escrito en inglés. Fue justo en ese momento en que éste Sr. Japonés, apareció. Recuerdo que me miró, hizo el saludo con la respectiva inclinación y cómo si leyera mi mente me preguntó: ¿Shinkansen? En mi mente dije: Sí, estoy buscando el andén para tomar el Shinkansen que me llevara a Tokio, luego a Takasaki y finalmente a Gunma, Maebashi. Eso lo dije en mi mente, pero no alcance a articular alguna palabra y sólo asentí con el rostro. Entonces él, muy amablemente me indicó que lo siguiera. Lo seguí. Subimos por las escaleras eléctricas, caminamos por un largo pasillo, dimos la vuelta a la derecha, bajamos por otras escaleras y otra vez me volvió a indicar que habíamos llegado al andén del Shinkansen y que allí podría esperarlo. Antes de irse, tomó el boleto del Shinkansen que traía en la mano e hizo un movimiento con las manos y me indicó el lugar donde estaban las oficinas del Japan Rail Pass. Volvió a hacer el saludo con la misma inclinación y lo vi subir por las escaleras. Casi cuando estaba a punto de desaparecer en las escaleras, alcance a juntar mis manos e inclinarme para darle las gracias por haberme ayudado y nos despedimos con una sonrisa.
 No sé cómo, pero había entendido a la perfección lo que él había querido decirme: Antes de esperar en el andén, debía ir a las oficinas para cambiar de nuevo los boletos con un nuevo horario, un nuevo número y nombre del tren. Me tranquilice. Y volví a las oficinas para hacer el cambio de los boletos. Allí también avisé a Gunma, Maebashi que llegaría una hora más tarde.
Mientras esperaba en el andén y durante todo el recorrido de Kioto a Tokio, pensé mucho en lo que había sucedido. Mientras más pensaba en lo que había sucedido, más mi corazón se conmovía. Ese fue uno de tantos otros momentos en que me sentí tan afortunada por encontrar personas así. Era una hora pico, y seguramente este Sr., se dirigía al trabajo; el hecho de que se hubiese tomado el tiempo para indicarme cómo moverme y a donde dirigirme para cambiar los boletos, era algo que sobrepasaba lo que muchas veces escuché: De que los japoneses son descorteses y que no están dispuestos a ayudar porque siempre tienen prisa.
También pensé que hay “idiomas” mucho mejores y eficaces que las palabras. Que no importa tu nacionalidad, tu color de piel, tu estatus social, la lengua que hablas y todas esas cosas banales. Cuando realmente quieres ayudar a otra persona, todas esas cosas quedan en segundo término. El ayudar, ser cortés y amable, siempre serán una ACTITUD de lo que hay en el corazón.
Japón, no es un país perfecto, obvio que no. En sus millones de habitantes es claro que conviven todo tipo de personas. Cortéses y maleducados. Amables y groseros. Empáticos e indiferentes. Es así. Como en todos los países, siempre podremos encontrar todo tipo de personas. 
Felizmente y cómo dije: Para mi fortuna; me tocó encontrar y “conocer” a alguien cortés, amable y empático. Aunque no sé el nombre de ese Sr. Y es muy probable que nunca jamás lo vea de nuevo, nunca voy a olvidar la forma de su rostro y la complexión de su cuerpo. Nunca lo voy a olvidar a él. Aunque nunca lo vea de nuevo, siempre voy a pedir por él, por su familia y por su estabilidad: 

Arigatō gozaimasu.


Estación de Kioto, por los andenes.





jueves, 27 de septiembre de 2018

Japón en ocho días... 3

Llegó el día viernes 14 de Septiembre, ese era el día en que me despedía(por esta ocasión)  de Kioto para ir a Takasaki y después a Gunma, Maebashi. 
Realmente la noche anterior había estado algo nerviosa por el viaje a Gunma, Maebashi. Así que no pude descansar muy bien y cuando llegó la luz del día inmediatamente me paré, acomode lo último de mis cosas en el bolso de mano y salí para tomar el taxi. En mis cálculos de tiempo llegábamos a la estación en diez minutos, pero el recorrido de la calle Sanjo a la estación se demoró más de lo que hubiese imaginado y llegué aproximadamente diez minutos antes de la hora marcada en el boleto del Shinkansen. Corrí, y en el afán de llegar a tiempo, no me fije en la entrada y crucé por la puerta equivocada. Empecé a buscar por todos lados la manera de ubicarme y por más que lo intenté no lo conseguí, mire el reloj y era demasiado tarde: El Shinkansen ya se había marchado. 
Por unos minutos me quedé parada sin saber qué hacer. Luego recordé que lo primero era conseguir los nuevos boletos con los nuevos horarios, avisar a Gunma, que llegaría más tarde y luego tratar de ubicarme en la estación para ir por la puerta y el anden correcto. 
Vi un mapa enorme de la estación de Kioto e intenté ubicarme otra vez. Estaba parada allí, cuando de repente un Sr. Japonés me dijo: ¿Shinkansen? Asentí con el rostro y sólo lo seguí. Me llevó hasta el anden del Shinkansen que tomaría, se despidió de mí y me quedé allí esperando hasta que el Shinkansen llegó. De todo lo que sucedió en ese momento: Cuando vi el mapa, me sentí perdida y éste Sr. me ayudó, voy a contarles en otra entrada, porque realmente merece una atención especial que quiero destacar. 
Y así, sin más, estaba yendo rumbo a Gunma, Maebashi. 
Cuando haces un viaje, nunca sabes que vas a encontrar. No sabes que tipo de experiencias vas a tener. Felizmente y para mi fortuna, el viaje a Gunma,  Maebashi fue mucho mejor de lo que me esperaba. 
Hay personas que conoces y que sin ellas saberlo tienen la capacidad de reiniciarte. Es como un nuevo comienzo, y lo único que sabes, es qué pese a todo, vas a estar bien. Eso me pasó ese día. Y también los dos días siguientes que transcurrieron. 
La idea que tenía en mente era: Ir a Gunma y pasear por las calles y ya. Pero todo sobrepaso lo que imaginé. 
Ese mismo día conocí las calles de Gunma, Maebashi, la municipalidad, algunos barrios famosos donde hacen Matsuris, vimos campos de golf enormes, paseamos y subimos las 365 escaleras de  Ikaho y también fuimos a la montaña Haruna. En la montaña Haruna pude ver un adelanto muy pequeño del Otoño japonés; muchos arboles ya se estaban vistiendo de Otoño: Sus hojas estaban empezando a cambiar de color. Fue un momento muy precioso, porque era algo que había querido ver desde que llegué a Narita. 
Al día siguiente nos alistamos y mencionaron que iríamos a Kusatsu. Cuando escuché el nombre no le di mucha importancia, porque no sabía exactamente cual era ese lugar. En el viaje de ida vimos unas montañas preciosas, nos paramos a observar un río y a contemplar las hojas de Momiji que aún estaban verdes. Las montañas de esa parte del camino me gustaron mucho, realmente me dieron ganas de quedarme a vivir allí. Es un lugar encantador, tan lleno de calma y tranquilidad, algo así como la paz. Después de aproximadamente cuatro horas, llegamos a Kusatsu. Cuando lo vi, me quedé impactada. ¡Estábamos en Kusatsu, uno de los tres lugares de aguas termales más importantes de Japón y al que yo había visto hace mucho tiempo atrás en documentales y vídeos por la Internet!
Kusatsu, es precioso. Es un lugar pequeño pero muy lindo. Sus aguas termales son fascinantes y caminar a través de los senderos es una experiencia única. Allí probé el Manjū, un tipo de wagashi al horno del que me enamoré. 
El camino de vuelta fue también de lo mas bello y espectacular que mis ojos pudieron ver. Estaba por anochecer y lloviznaba un poco. La llovizna, las luces de los carros y las luces de las casas de la villa en medio de los árboles, hacían el contraste perfecto. Cierro mis ojos y aún puedo recordar todos los detalles y las emociones que viví durante ese día. 
De las mejores cosas de este viaje a Gunma, Maebashi y las que voy a recordar por siempre, serán las charlas y las risas que compartimos. 
Esa noche dormimos tarde. Al siguiente día me tocaba regresar a Narita, para al día siguiente esperar el vuelo de regreso a México. 
Como si todo lo que viví hubiese sido poco, me sorprendieron con que ese día también iríamos a la estatua de Kannon Sama la Deidad de la Misericordia en Takasaki, Gunma, Japón. Ese lugar también tiene su magia, también tiene su encanto. Las vistas son realmente preciosas. Admirar el templo y la estatua es simplemente arrobador. Nos tomamos las últimas fotos y fuimos a la estación de Takasaki. 
Mientras esperábamos la salida del Shinkansen, tomamos unos tes y comimos unos panes. El momento de la despedida se acercaba y cuando el tiempo en el reloj llegó, nos abrazamos,  nos despedimos, subí las escaleras eléctricas y una vez más me paré en el anden para esperar al Shinkansen. 
Ahora que he terminado de escribir todo lo anterior, y cuando vuelvo a leer todo, mi corazón se emociona de nuevo. ¡Que buenos momentos tuve en ese lugar! Me he prometido que en otro tiempo y momento voy a regresar. 
Como lo dije en su momento y en Instagram, no tengo palabras suficientes para agradecer todo lo que hicieron por mi y lo bien que me hicieron sentir. Arigatō gozaimasu: Familia Uehara.


Farolas en Ikaho.

La vista desde allí me gustó mucho.

En Otoño todo esto debe de verse precioso...

Tapa en Kusatsu. Representa el baile de Yumomi.

Servicio Postal. 



Y así  fue, como terminó este viaje. 
Gracias Dios por darme la oportunidad de vivir estos momentos. 
Gracias Japón por dejar que te conociera un poco más de cerca. 
Gracias a ese Sr. en la estación de Kioto, que aunque no sé su nombre, nunca jamás me olvidaré de su cara. 
Arigatō gozaimasu.