jueves, 31 de agosto de 2017





Confidencias de un árbol...
Cansado de que el viento me sacudiera con iracundia
de que se enseñoreara sobre mí
decidí una madrugada
soltar deliberadamente una de mis hojas.
Llevé todas mis energías
mi coraje
mi savia
hacia el ramaje.
Y me deshice de una hoja verde y puntiaguda.
En realidad acabé por sacudírmela
después de un gran esfuerzo.
Nadie fue testigo de la proeza.
El viento atravesaba entre mis ramas en ese mismo
instante
y como desprendió varias de mis hojas
nadie podría haberlo imaginado
en el caso de haberlo visto
que una de ellas
entre las doce que perdí ese día
encarnaba
muy verde aún
la forma primera de mi libre arbitrio.
Decidí descansar, reponer mi fuerza
tener frías, muy frías las sienes
meditar mi hazaña:
me sentí frente a los otros árboles
como el ángel que aletea orgullosamente
su diferencia con los hombres.
Pero al paso del tiempo
sentí la necesidad de obsequiarle a la botánica
con una nueva toma de decisión
otra avería.
Fue ya en la primavera.
Mis ramas se doblegaban de tan llenas de flores.
Mas advertí que entre una flor y otra en una de mis ramas
había una distancia grande
un sitio desaprovechado.
Y me puse a pujar y pujar
hasta que de repente me brotó
una pequeña flor
más pura
blanca
y tierna
que las otras.
Mi felicidad fue mayúscula
y se llenó de gozo el corazón
si se puede hablar de corazón
en un ser que nunca se ha excitado
ni con las caricias eróticas del viento.
No soy
me dije
un árbol al que le acaecen flores
sino que decide flores.
Los pasos siguientes fueron más sencillos.
Que se me ocurría crecer por ejemplo.
Me concentraba.
Pensaba en las nubes
y conquistaba uno o dos centímetros.
En la noche cuando no había ningún curioso
creaba frutos
los destruía
me los pasaba de una rama a otra.
Y hasta descubrí la manera
de hincarles el diente.
Llegó el momento
en que todo o casi todo
era producto de mi libertad
de mi opción
o de mi juego.
Soy un árbol que ha creado
su tronco
su ramaje
su clorofila
sus nidos
sus aves
sus gorjeos
y su sombra.
Pero nadie lo advierte porque
si decido crecer
se piensa
que la germinación me obliga a ello.
Si opto por florecer
por repujar mis ramas de pequeñísimos milagros
que la botánica es la responsable.
Aún más.
Creo que cuando tome mi principal decisión
no dejará de haber un leñador a mi vera
que hacha en mano
haga pensar a todos
que fui vulgarmente derribado
y no que
hambriento de rumbos
concentré mis fuerzas
apreté los músculos
y di
mi primer paso.

Autor: Enrique González Rojo

No hay comentarios:

Publicar un comentario