jueves, 27 de septiembre de 2018

Japón en ocho días... 2

A las 7:14 am llegamos a Narita... ¡Fue increíble, no lo podía creer! Una vez más estaba en esta hermosa tierra: El país del sol naciente. Esta vez no había frío, no sentí ese helado frío que en 2017 casi me congelo los sentidos. Estaba un poco nublado, pero se podía sentir el sol. El paisaje de verano: Cielo azul, nubes blancas, algunos nubarrones grises, calor y un poco de humedad es lo que mas recuerdo de ese primer momento cuando bajé del avión. 
Esta vez no sentí miedo cuando pasé migración. La revisión de maletas fue muy rápida, cuando la puerta que divide migración y el aeropuerto de Narita se abrió, lloré, lloré mucho; me pareció que el tiempo se había detenido y allí estaba una vez más en ese salón diciéndome: Bienvenida a Japón. 
Cambié el dinero, fui por el Japan Rail Pass y en cuestión de minutos estaba sentada en el Narita Express que me llevaría primero a Tokio y después subiría al Shinkansen para finalmente llegar a Kioto, mi primer destino. 
Todos esos momentos los disfrute como nunca, pude observar todos los paisajes y a las personas. La cosa que más recuerdo y que me fascinó fue ver los campos amarillos y verdes de arroz, es realmente un espectáculo precioso. 
Después de cinco horas llegue a Kioto. Cuando llegué y bajé para comer algo en los restaurantes de la estación supe que había llegado al Japón tradicional y me volví a emocionar mucho de nuevo. Comí y después de unas cuantas veces que me perdí y no pude encontrar el autobús que me llevaría al lugar donde me quedaría, decidí irme en taxi. Realmente me sorprendió la tarifa, pensé que me gastaría un montón, pero fue un precio bastante accesible, la estación no me quedaba muy lejos y desde allí empecé a ubicarme para poder moverme los días siguientes. 
Esta vez me olvidé del jetlag, casi no lo sentí; quizás es porque casi todo el tiempo me la pasé caminando y disfrutando cada momento que apenas si lo percibía en las noches o madrugadas. Y también creo que debe ser por eso que dicen: Que el jetlag se arregla caminando. Mi apetito nunca regresó, incluso ahora en México esta volviendo muy de a poco. Pero aunque nunca tuve el apetito al que normalmente estaba acostumbrada y me la pase viviendo casi a base de onigiri, leche de soja y fruta; no me importó. Estaba feliz, muy feliz, era mi momento. Lo estaba viviendo al máximo y eso era todo lo que importaba para mí. 
Los días siguientes  fueron preciosos. ¡Kioto es mágico! Tiene esa modernidad combinada con tradición que te encanta y simplemente te deja sin palabras. Caminar por sus calles es precioso, a pesar de que casi todo el tiempo estuve "sola" nunca me sentí así; incluso en las noches, cuando volvía, me sentía segura y acompañada. 
Todas las cosas que yo les pueda decir de Kioto se quedaran cortas, incluso las fotos no logran mostrar lo bello qué es. Es un lugar al que tienen que ir por lo menos una vez en su vida. 
Aprendí sobre las tradiciones y la cultura de Kioto. Gracias a Yumi, pude presenciar la ceremonia de té. Caminamos por las calles de Gion, Ponto-chō (先斗) y otros lugares más que sólo los locales conocen muy bien y que tienen un encanto extraordinario. Y por esas cosas increíbles de la vida pude ver a tres maikos y una geiko. Preciosas ellas. Momentos que guardaré para siempre en mi corazón. 
Los días pasaron muy rápido, cuando menos me di cuenta estábamos en la noche del jueves y había que estar preparada para la siguiente aventura: La ida a Gunma, Maebashi. De los días en Gunma, Maebashi les hablare en la siguiente entrada y con esa entrada finalizaré mi relato de: Japón en ocho días. 


En la estación de Kioto.

Torii en la calle Sanjo. 



Japón en ocho días... 3






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