jueves, 27 de septiembre de 2018

Japón en ocho días... 3

Llegó el día viernes 14 de Septiembre, ese era el día en que me despedía(por esta ocasión)  de Kioto para ir a Takasaki y después a Gunma, Maebashi. 
Realmente la noche anterior había estado algo nerviosa por el viaje a Gunma, Maebashi. Así que no pude descansar muy bien y cuando llegó la luz del día inmediatamente me paré, acomode lo último de mis cosas en el bolso de mano y salí para tomar el taxi. En mis cálculos de tiempo llegábamos a la estación en diez minutos, pero el recorrido de la calle Sanjo a la estación se demoró más de lo que hubiese imaginado y llegué aproximadamente diez minutos antes de la hora marcada en el boleto del Shinkansen. Corrí, y en el afán de llegar a tiempo, no me fije en la entrada y crucé por la puerta equivocada. Empecé a buscar por todos lados la manera de ubicarme y por más que lo intenté no lo conseguí, mire el reloj y era demasiado tarde: El Shinkansen ya se había marchado. 
Por unos minutos me quedé parada sin saber qué hacer. Luego recordé que lo primero era conseguir los nuevos boletos con los nuevos horarios, avisar a Gunma, que llegaría más tarde y luego tratar de ubicarme en la estación para ir por la puerta y el anden correcto. 
Vi un mapa enorme de la estación de Kioto e intenté ubicarme otra vez. Estaba parada allí, cuando de repente un Sr. Japonés me dijo: ¿Shinkansen? Asentí con el rostro y sólo lo seguí. Me llevó hasta el anden del Shinkansen que tomaría, se despidió de mí y me quedé allí esperando hasta que el Shinkansen llegó. De todo lo que sucedió en ese momento: Cuando vi el mapa, me sentí perdida y éste Sr. me ayudó, voy a contarles en otra entrada, porque realmente merece una atención especial que quiero destacar. 
Y así, sin más, estaba yendo rumbo a Gunma, Maebashi. 
Cuando haces un viaje, nunca sabes que vas a encontrar. No sabes que tipo de experiencias vas a tener. Felizmente y para mi fortuna, el viaje a Gunma,  Maebashi fue mucho mejor de lo que me esperaba. 
Hay personas que conoces y que sin ellas saberlo tienen la capacidad de reiniciarte. Es como un nuevo comienzo, y lo único que sabes, es qué pese a todo, vas a estar bien. Eso me pasó ese día. Y también los dos días siguientes que transcurrieron. 
La idea que tenía en mente era: Ir a Gunma y pasear por las calles y ya. Pero todo sobrepaso lo que imaginé. 
Ese mismo día conocí las calles de Gunma, Maebashi, la municipalidad, algunos barrios famosos donde hacen Matsuris, vimos campos de golf enormes, paseamos y subimos las 365 escaleras de  Ikaho y también fuimos a la montaña Haruna. En la montaña Haruna pude ver un adelanto muy pequeño del Otoño japonés; muchos arboles ya se estaban vistiendo de Otoño: Sus hojas estaban empezando a cambiar de color. Fue un momento muy precioso, porque era algo que había querido ver desde que llegué a Narita. 
Al día siguiente nos alistamos y mencionaron que iríamos a Kusatsu. Cuando escuché el nombre no le di mucha importancia, porque no sabía exactamente cual era ese lugar. En el viaje de ida vimos unas montañas preciosas, nos paramos a observar un río y a contemplar las hojas de Momiji que aún estaban verdes. Las montañas de esa parte del camino me gustaron mucho, realmente me dieron ganas de quedarme a vivir allí. Es un lugar encantador, tan lleno de calma y tranquilidad, algo así como la paz. Después de aproximadamente cuatro horas, llegamos a Kusatsu. Cuando lo vi, me quedé impactada. ¡Estábamos en Kusatsu, uno de los tres lugares de aguas termales más importantes de Japón y al que yo había visto hace mucho tiempo atrás en documentales y vídeos por la Internet!
Kusatsu, es precioso. Es un lugar pequeño pero muy lindo. Sus aguas termales son fascinantes y caminar a través de los senderos es una experiencia única. Allí probé el Manjū, un tipo de wagashi al horno del que me enamoré. 
El camino de vuelta fue también de lo mas bello y espectacular que mis ojos pudieron ver. Estaba por anochecer y lloviznaba un poco. La llovizna, las luces de los carros y las luces de las casas de la villa en medio de los árboles, hacían el contraste perfecto. Cierro mis ojos y aún puedo recordar todos los detalles y las emociones que viví durante ese día. 
De las mejores cosas de este viaje a Gunma, Maebashi y las que voy a recordar por siempre, serán las charlas y las risas que compartimos. 
Esa noche dormimos tarde. Al siguiente día me tocaba regresar a Narita, para al día siguiente esperar el vuelo de regreso a México. 
Como si todo lo que viví hubiese sido poco, me sorprendieron con que ese día también iríamos a la estatua de Kannon Sama la Deidad de la Misericordia en Takasaki, Gunma, Japón. Ese lugar también tiene su magia, también tiene su encanto. Las vistas son realmente preciosas. Admirar el templo y la estatua es simplemente arrobador. Nos tomamos las últimas fotos y fuimos a la estación de Takasaki. 
Mientras esperábamos la salida del Shinkansen, tomamos unos tes y comimos unos panes. El momento de la despedida se acercaba y cuando el tiempo en el reloj llegó, nos abrazamos,  nos despedimos, subí las escaleras eléctricas y una vez más me paré en el anden para esperar al Shinkansen. 
Ahora que he terminado de escribir todo lo anterior, y cuando vuelvo a leer todo, mi corazón se emociona de nuevo. ¡Que buenos momentos tuve en ese lugar! Me he prometido que en otro tiempo y momento voy a regresar. 
Como lo dije en su momento y en Instagram, no tengo palabras suficientes para agradecer todo lo que hicieron por mi y lo bien que me hicieron sentir. Arigatō gozaimasu: Familia Uehara.


Farolas en Ikaho.

La vista desde allí me gustó mucho.

En Otoño todo esto debe de verse precioso...

Tapa en Kusatsu. Representa el baile de Yumomi.

Servicio Postal. 



Y así  fue, como terminó este viaje. 
Gracias Dios por darme la oportunidad de vivir estos momentos. 
Gracias Japón por dejar que te conociera un poco más de cerca. 
Gracias a ese Sr. en la estación de Kioto, que aunque no sé su nombre, nunca jamás me olvidaré de su cara. 
Arigatō gozaimasu.




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