martes, 2 de octubre de 2018

Mi experiencia con el Nattō...




En la entrada de ayer les compartí el relato de mi amiga María Higa y una de sus experiencias con el Nattō, ahora es mi turno y les contaré cómo empezó mi fascinación (ahora) con este peculiar platillo. 

Creo que el Nattō y yo estábamos destinados a encontrarnos… jajajajajajaja 

Desde que era niña y hasta aproximadamente los veinte años, recuerdo que siempre había tenido problemas con mi piel, mi estómago y mi colon. Los problemas en la piel digamos que eran soportables, pero los detallitos con el estómago y el colon realmente llegaron a ser insoportables. Lo peor sucedió cuando un día por comer un alimento que estaba casi echado a perder, cogí una bacteria super terrible. Allí empezó el verdadero viacrucis. Fui de un Dr., a otro y nada. Cajas y cajas de antibióticos y otros medicamentos que lo único que hacían era agravar el problema. 

Fue en ese ir y venir que un día alguien me recomendó la clínica de un Dr., que tenía su consultorio en otra ciudad que quedaba aproximadamente a dos horas de la mía. La persona que me lo recomendó me aseguró que si seguía el tratamiento al pie de la letra, iba a notar los cambios aproximadamente a los seis meses de mi primera consulta y con el paso del tiempo, en algunos años, me iba a olvidar de todos los malestares que había tenido por tanto tiempo. 

Era demasiado bueno para ser verdad… Aunque parecía bastante lógico porque no prometía una cura instantánea, sino que era con el transcurrir de los meses e incluso años que realmente iba a ver cambios en mi organismo. No tenía nada que perder y probablemente mucho que ganar, así que me decidí, hice la cita y fui. 

Recuerdo que era un consultorio pequeño pero muy bien iluminado. En la ventana y en el escritorio había unas flores hermosas, me llamó mucho la atención el color tan vivo de cada una de ellas, que por un momento me olvidé de la razón por la que había llegado y sentí mucha tranquilidad. La enfermera me tomó los datos correspondientes y después de algunos minutos pase al consultorio con el Dr. 

Nunca voy a olvidar la impresión que me causó, cuando lo vi. Era todo lo contrario a los médicos que yo había visto. Su porte, su rostro, su complexión, su amabilidad, todo era increíble. 

Le conté mi problema. Me dijo que todo tenía una solución pero teníamos que hacer muchos cambios en mi alimentación y en la forma en que había visto la vida hasta ese momento. 

Me explicó la estrecha relación entre la mente, lo que comemos y nuestro entorno. Los tres influyen de manera increíble en nuestro organismo y pueden darnos bienestar o hacer que tengamos días y vidas horribles. Me explicó muchas cosas más y también recuerdo que me mandó a estudiar anatomía y fisiología. 

El tratamiento era bastante simple. Ahora que recuerdo ese día, me pregunto ¿Por qué todo se me hizo tan difícil en ese momento?.. 

Ya que mi microbiota intestinal estaba casi deshecha, el primer paso era recuperar el balance de ella. Pero antes de eso íbamos a empezar con una desintoxicación de todo mi organismo. 

La desintoxicación era bastante simple, por un mes: Nada de azúcar, nada de harinas blancas, nada de carnes, nada de lácteos. Arroz integral, frutas y verduras era todo lo que tenía permitido. 

Nuevamente el día de la cita llegó y el Dr., me felicito mucho por haber terminado ese mes sin los “venenos blancos y rojos” como los llama él. Me dijo que entraríamos a una nueva etapa de repoblar la microbiota y allí empezaba por así decirlo: Mi nueva vida. 

Era sencillo, sólo tenía que comer (Además del arroz integral, frutas, frutos secos y verduras): Nattō, kimchi, kéfir, miso y chucrut. 

Obviamente había escuchado hablar de todos ellos, pero sólo uno de ellos era fácil de conseguir: El chucrut. Los demás, había que buscarlos hasta la capital de mi país. Nuevamente el Dr., me explicó muy detalladamente la importancia que tenía el que consumiera estos alimentos. Tiempo después es que entendí todos sus detalles en sus explicaciones… 

Y así fue como conocí el Nattō. La verdad es que cuando lo vi en su empaque, no me gustó nada, su aspecto no era muy bueno. Cuando levante la envoltura que lo cubre casi vomito y lo tiro, pero recordé todas las palabras del Dr., y dije: Contrólate y cálmate y come poco a poco hasta que encuentres el sabor. 

Las primeras semanas fueron horribles, la verdad es que la hora del desayuno era el momento del día que menos me gustaba, porque allí en el centro de la mesa, ese Nattō me esperaba. Casi lo comía con los ojos cerrados, mil muecas de desagrado y solo me decía en mi mente: Es bueno para esto y esto y esto… así que cómelo… jajajajajajajajaja 

Pasaron los meses y ahora han pasado muchos años y puedo decir que: Mientras unos los odian y otros lo aman, a mí me encanta. El Nattō fue uno de los alimentos que literal salvó mi vida porque después de todo el tratamiento puede ver muchos cambios positivos en mi organismo. 





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