domingo, 14 de abril de 2019

Uno siempre vuelve a los lugares donde amó la vida...







Uno siempre vuelve a los lugares donde amó la vida...


Recuerdo que en ese entonces tenía 8 años. Estaba por finalizar el 3er año de primaria. Como cada mañana había desayunado esa comida espantosa (A mí me parecía espantosa) un sándwich con cacahuatina sumergido en un poco de leche. Mi padre también me había dejado en la escuela y me había dicho que a la tarde él volvería por mí. Ese día; esa tarde, nunca llegaron. Después de un montón de llamadas telefónicas, apareció mi vecina en la sala de la dirección de mi escuela, y ella fue quien me llevó a casa. Antes de llevarme a casa, me llevó a su casa y me ofreció un plato de comida caliente y cuando nos despedimos en la puerta de la que entonces era mi casa, me dio un fuerte abrazo y también me dio un beso en la mejilla. 
El portón se abrió y después se abrió la puerta que daba al interior de la casa, la escena que vi después que la puerta se cerró me dejó consternada. Toda la casa estaba revuelta, los cajones de los muebles estaban fuera, mi madre siempre ha sido amante de las artes manuales; e hilos, estambres, agujas, telas, cintas, encajes; todo estaba en el suelo. No estaban los muebles grandes, ni aparatos electrónicos y los utensilios de la cocina todos estaban en el suelo y las cosas de vidrio, rotas. Mi mente de 8 años no podía entender lo que sucedía. Ya que mi madre siempre había sido exhaustiva con la limpieza, pensé que quizás ella se habría puesto a ordenar las cosas. Pero, ¿De esa manera? Y ¿Por qué no lo había terminado a tiempo? No entendía lo que estaba sucediendo. Pasaron las horas y llegó la noche y mis padres nada que aparecían. Mi vecina volvió a llegar y arregló un poco mi cuarto y me hizo dormir. Era muy temprano cuando escuché que las puertas se abrieron y escuché las voces de mis padres, finalmente habían llegado. Días después mi madre me explicó que habían entrado a la casa a robar y que por eso ya no teníamos nuestras cosas; pero que no me preocupara, todo estaría bien. De ese tiempo sólo recuerdo que a medianoche mi padre se levantaba super agitado, siempre estaba nervioso, él era estricto; pero por esos años se volvió super duro e intransigente. Pasaron seis meses y un día vi en la calle de mi casa un auto pequeño y personas que subían algunas cosas; mi madre me llamó y me dijo: Despídete de la casa, nos vamos a empezar una nueva vida.

Esa nueva vida empezaría a muchísimos kilómetros del lugar donde hasta entonces había vivido. Era un pueblo muy pequeño, con pocos habitantes y en ese tiempo de la capital de mi estado a ese lugar uno se tardaba en llegar como cuatro horas; era un camino de terraceria con curvas super terribles. 
Esa mañana me despedí de la casa, lloré mucho, muchísimo. 
Después de esas cuatro horas, finalmente llegamos. El pueblo era pequeño (de hecho aún lo es) muy pocas casas se podían ver, alrededor se alzaban majestuosas montañas y todo era verde, verde. El Sr., que manejaba el auto me dijo: Te vas a divertir mucho aquí, hay un río enorme y hay unas pozas de agua azul donde podrás nadar todo lo que quieras, vas a hacer muchos amigos, las personas de aquí son muy amables. 
Nuestra nueva casita era pequeña comparada con la otra. Fue en ese tiempo que empecé a amar los espacios pequeños y el tener pocas cosas, sólo las indispensables. 
Y así empezó nuestra nueva vida en ese lugar. Para animarme mi madre me dijo: ¡No irás a una escuela normal, aquí hay un colegio, irás a un colegio! ¡¿Puedes creerlo?! Ahora me da mucha risa, ella lo hacía para animarme, lo cierto era que en ese lugar sólo habían dos escuelas: El Colegio donde estudié y otra escuela que quedaba a las afueras de esa localidad. Todo mi tiempo en ese colegio fue tan divertido, mis profesores eran super buenos en su trabajo y buenos con nosotros. Tenía muchos amigos y todos estaban emocionados y deseosos de aprender de esa niña que había venido de la ciudad para estar en ese pequeño lugar. La verdad es que yo aprendí muchísimo más de ellos (de ellos como personas), que lo que me habían enseñado en la escuela de la ciudad donde antes vivía. Lo que el Sr., me había dicho del río era verdad: ¡Las aguas eran azules! y muy refrescantes. Cada tarde solía ir al río con mis amigos y en temporada de vacaciones, no había quien me sacara de allí. 
Dicen que pueblo chico, infierno grande. Aquí era parecido; pero no un infierno, era un cielo para mí, porque todo era en positivo. 
A los pocos días casi toda la gente del lugar se enteró del verdadero motivo de nuestra llegada (esas cosas de las que me enteré muchos años más tarde). Aún ahora me parece increíble que nadie del lugar me haya dicho antes que mi madre, cómo fue que pasaron las cosas en la otra casa de la ciudad.

Mi madre siguió trabajando sin tregua y mi padre dejó el trabajo de oficina y se empezó a dedicar a las actividades del campo. Recuerdo que pasaba horas sin fin en el rancho. 
Ellos trabajaban hasta el límite de sus fuerzas, casi nunca los veía.
Aunque ellos no eran religiosos (y ahora tampoco lo son), me enviaban cada Sábado a una Iglesia Adventista. Recuerdo que la gente era super amable, atenta, carismática, servicial, amorosa. Realmente me recibieron con mucho amor y yo sentía que tenía una gran familia y por eso aunque mis padres estaban siempre fuera de casa, nunca me sentí sola. 
De los tres, yo fui la que me adapte más rápido. Incluso ahora, yo soy la que digo que quisiera volver a vivir en ese lugar. 
En México, nunca conocí gente más amable, desinteresada y leal que con la que interactúe en esos tiempos. Mucho de ese amor que me faltaba, ellos me lo dieron sin esperar nada a cambio.
Imagino que ahora muchas cosas han cambiado, las nuevas generaciones cambian, todo cambia. Eso sí, cada que regreso me hacen sentir como en casa, me hacen sentir y saber que a la distancia tengo una gran familia que siempre me espera con los brazos abiertos. 
Mis memorias vinieron en un día como hoy. No quería recordar, pero siempre que vengo aquí, los recuerdos vienen sin más...


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